Hablemos de… hacer caminos sobre la mar
Hace algún tiempo en ese lugar…
Hay canciones que permanecen con nosotros toda la vida. No importa cuántos años hayan pasado desde la primera vez que las escuchamos; basta que escuchemos el inicio o el coro para que regresen recuerdos, personas y momentos que parecían olvidados.
Eso me sucede cuando escucho Cantares, de Joan Manuel Serrat. Fue una de las primeras canciones que aprendí a tocar en guitarra cuando era adolescente —sí, ya han pasado muchos años—. Tal vez fue porque los acordes eran sencillos, por la belleza de su letra o, sencillamente, porque era Serrat. Lo cierto es que durante mucho tiempo la canté sin comprender realmente todo lo que escondían aquellos versos.
Hace pocos días, un amigo compartió en el chat de mis excompañeros del colegio un video de TikTok que hablaba precisamente sobre este poema de Machado. Mientras lo escuchaba, sentí que viajaba varias décadas atrás. Regresaron los recuerdos del colegio, de la guitarra y de aquellas tardes en las que Serrat sonaba casi de memoria. Pero, al mismo tiempo, descubrí que la reflexión sobre Machado no hablaba únicamente del pasado; también ofrecía una extraordinaria lección para nuestra vida profesional.
Fue una de esas ocasiones en las que uno comprende que conocer una frase no significa necesariamente comprenderla.
Todo pasa y todo queda…
Probablemente uno de los versos más conocidos en español es aquel que dice: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.» Lo hemos visto escrito en agendas, tazas de café, afiches motivacionales, publicaciones en redes sociales e incluso tatuajes. Se ha convertido en una frase tan repetida que, paradójicamente, hemos dejado de escucharla.
Para quienes crecimos escuchando a Joan Manuel Serrat, esos versos eran casi inseparables de su música. Gracias a él, muchos descubrimos a Antonio Machado incluso antes de leer alguno de sus poemas. Sin embargo, sospecho que para buena parte de las nuevas generaciones ocurre exactamente lo contrario. Conocen la frase porque aparece constantemente en internet, pero desconocen quién la escribió, cuándo fue escrita y, sobre todo, por qué nació.
Y conocer ese contexto cambia completamente la forma de entender el poema.
Antonio Machado escribió esos versos en 1912, poco después de la muerte de su esposa Leonor, quien falleció con apenas 24 años. No estaba escribiendo desde la tranquilidad de un escritorio ni desde una reflexión filosófica. Estaba intentando comprender cómo seguir viviendo cuando el futuro que había imaginado había desaparecido de un momento a otro.
Por eso el poema no habla de optimismo ingenuo ni de frases motivacionales. Habla de la incertidumbre. Habla de la necesidad de seguir caminando aun cuando no existe un mapa que nos indique cuál es el siguiente paso. Nos recuerda que el camino no está trazado esperando que alguien lo recorra; el camino aparece únicamente cuando decidimos avanzar.
Quizás por eso ese poema sigue calando dentro de nosotros más de un siglo después. Porque todos, tarde o temprano, descubrimos que hay momentos de la vida en los que nadie puede decirnos exactamente qué hacer. Solo queda caminar.
Caminante no hay camino…
Mientras escuchaba aquel video, pensaba que esa idea puede ajustarse a nuestra vida profesional.
Vivimos en una época en la que pareciera que todos buscamos una hoja de ruta perfecta. Queremos conocer con absoluta certeza cuál será el siguiente empleo, el siguiente cliente, la siguiente oportunidad o el siguiente proyecto. Buscamos fórmulas que eliminen la incertidumbre y garanticen el resultado, como si fuera posible diseñar una carrera profesional sin margen para lo imprevisto.
Sin embargo, cuando volvemos la vista atrás, es muy obvio que el camino recorrido no fue tan ordenado como el que imaginamos.
Las decisiones que marcaron nuestra trayectoria suelen haber nacido de conversaciones inesperadas, de personas que aparecieron en el momento indicado, de oportunidades que inicialmente parecían pequeñas o incluso de dificultades que en su momento habríamos preferido evitar. Con el tiempo comprendemos que no fueron los planes los que construyeron nuestra carrera, sino las decisiones que fuimos tomando mientras avanzábamos.
Del mismo modo, nuestra historia personal y profesional no puede comprenderse únicamente a partir de los logros alcanzados. Cada error, cada crisis, cada cambio de trabajo o cada proyecto que no salió como esperábamos nos obligó a reinventarnos. Pretender borrar esos momentos sería como intentar entender un libro arrancándole varios capítulos.
Mirar hacia atrás no debería servir para lamentar lo que pudo haber sido, sino para reconocer que cada paso dejó un aprendizaje que hoy nos permite caminar con mayor serenidad.
… se hace camino al andar
Hay otra parte del poema de Machado que necesito traer a la memoria: «Al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.»
Esa senda no la hemos de volver a pisar, pero siempre quedará en nuestra memoria, y seguramente a la vista de quienes nos vean. Y es justamente ahí donde encuentro una de las conexiones más profundas con la Marca Personal.
Con frecuencia pensamos que nuestra marca depende de la imagen que proyectamos, de nuestra presencia en redes sociales o de la capacidad para dar un buen discurso. Sin embargo, estoy convencido de que la Marca Personal no es el personaje que mostramos al mundo; es la huella que dejamos mientras recorremos el camino.
La confianza no aparece porque alguien publique con frecuencia o acumule miles de seguidores; nace cuando las personas descubren que existe coherencia entre lo que decimos, lo que hacemos y la manera en que tratamos a los demás.
Quizás por eso suelo insistir en una idea: la comunicación es entre seres humanos. Mucho antes de que existieran las redes sociales, los algoritmos o la inteligencia artificial, las personas ya necesitábamos confiar unas en otras. La tecnología puede facilitar ese encuentro, pero jamás reemplazará el valor de una conversación honesta, de una promesa cumplida o de una conducta coherente sostenida en el tiempo. Es decir, la confianza que construimos mientras caminamos.
Los cargos cambian, los proyectos terminan y nosotros evolucionamos. Incluso el camino que hoy recorremos algún día quedará atrás, como escribió Machado. Lo único que permanecerá será la huella que dejamos en quienes compartieron parte de ese trayecto con nosotros.
Porque el camino se hace al andar, y no solo consiste en buscar llegar a un destino, sino en las personas que encontramos durante el recorrido y en la confianza que fuimos capaces de sembrar en cada paso.
Antonio Machado escribió: «Caminante, son tus huellas el camino y nada más.» Más de un siglo después, me gusta pensar que también podría leerse así: «Caminante, tu Marca Personal es tu huella; el camino… y nada más.»