Hablemos de… encontrarnos en un bar
Hay textos que uno busca y hay otros que, sencillamente, lo encuentran a uno. Hace pocos días recibí uno de esos mensajes que llegan “reenviados muchas veces”, y que normalmente leemos rápidamente antes de continuar con nuestras actividades. Este, sin embargo, generó tantos comentarios que me hizo regresar en el scroll para ponerle un poco más de atención.
El texto era un extracto de un artículo escrito por Gilberto Carrasquero Naranjo. Y, en resumen, decía que: España tendría más bares que camas de hospital y, sin embargo, mantiene una de las esperanzas de vida más altas del mundo. Y me permito copiar sólo una parte de ese texto:
“España tiene más bares que camas de hospital. Léalo de nuevo, despacio. Unos 260.000 bares frente a unas 140.000 camas hospitalarias. Cualquier consultor de salud pública —armado de su PowerPoint y de su inglés de aeropuerto— diagnosticaría el desastre: un país estadísticamente mejor equipado para servirle un café que para hospitalizarlo. Un país frívolo. Un país condenado. Y sin embargo, ese mismo país lidera el mundo en donación de órganos desde hace más de tres décadas, sostiene uno de los sistemas públicos de salud más admirados del planeta, y está proyectado por The Lancet para alcanzar en 2040 la esperanza de vida más alta de la Tierra: 85,8 años, por delante de Japón. “
A partir de ahí, Carrasquero plantea una pregunta mucho más allá de una simple comparación estadística: ¿y si una parte del bienestar de los españoles tuviera precisamente que ver con esa costumbre de encontrarse con otros?
El artículo recorre algunas características de la vida española para defender la idea de que el bar no sería únicamente un establecimiento donde se come o se bebe, sino una especie de infraestructura de la convivencia. Un lugar donde las personas conversan, discuten, se encuentran, celebran y construyen relaciones.
Carrasquero habla de un “tercer lugar”, desarrollado por el sociólogo Ray Oldenburg: esos espacios que no son nuestra casa ni nuestro trabajo, pero donde transcurre una parte importante de nuestra vida social. El café, la plaza, el bar del barrio o cualquier otro lugar en el que podamos encontrarnos sin necesidad de tener una reunión agendada ni un objetivo de negocios.
Y cuando busco la fuente de este texto, me encuentro que esto lo conecta con investigaciones sobre relaciones sociales y longevidad. Un conocido metaanálisis publicado en 2010 por Julianne Holt-Lunstad y sus colaboradores donde se reunió 148 estudios y más de 300.000 participantes, encontrando una relación entre relaciones sociales más sólidas y una mayor probabilidad de supervivencia.
Entonces mi reflexión rebasa fronteras y sale de España o sobre sus bares.
Empieza a hablar de todos nosotros.
Necesitamos volver a encontrarnos
Quienes trabajamos en comunicación llevamos años hablando de conexiones. Queremos conectar marcas con consumidores, líderes con ciudadanos, empresas con colaboradores y profesionales con sus audiencias. Tenemos plataformas, aplicaciones, algoritmos y herramientas capaces de comunicarnos instantáneamente con alguien que se encuentra al otro lado del planeta.
Paradójicamente, podemos estar más conectados que nunca y sentirnos más solos que de costumbre.
Quizás el artículo de Carrasquero me llamó tanto la atención porque conecta directamente con algo que suelo repetir: la comunicación es entre seres humanos.
Antes que followers somos personas. Antes que audiencias somos personas. Antes que clientes, votantes, colaboradores, estudiantes, empresarios o autoridades somos personas que necesitamos hablar, escuchar, sentirnos reconocidas y relacionarnos con otras personas.
Somos seres sociales y una parte importante de nuestra identidad se construye precisamente cuando interactuamos con los demás. Aprendemos cuando conversamos con otros, contrastamos nuestras ideas cuando escuchamos las de los demás y desarrollamos una imagen compartiendo nuestras experiencias. Ninguna de esas cosas se genera usualmente con las redes sociales.
Por todo esto me encantó tanto la metáfora del bar.
No porque el bar sea un lugar mágico, o bueno, a veces sí, sino porque representa algo que estamos perdiendo poco a poco: el espacio para conversar sin buscar un resultado inmediato.
Nos reunimos cada vez más a través de una pantalla. Organizamos videollamadas de treinta minutos, respondemos mensajes mientras hacemos otras tres cosas y mantenemos conexiones digitales con personas con las que probablemente nunca hemos cruzado una mirada.
Incluso hemos comenzado a medir nuestras relaciones. Contamos seguidores, contactos, visualizaciones, interacciones y alcance. Sabemos cuántas personas hicieron clic en una publicación, pero quizá no recordamos cuándo fue la última vez que nos sentamos durante dos horas a conversar con alguien sin mirar constantemente el teléfono.
Alto ahí… No estoy proponiendo una batalla entre lo digital y lo presencial. Sería absurdo. Las herramientas digitales han ampliado extraordinariamente nuestras posibilidades de relacionarnos y han permitido mantener vínculos que hace apenas unas décadas habrían desaparecido con la distancia.
El problema aparece cuando confundimos conexión con relación.
Podemos tener miles de conexiones y muy pocas relaciones verdaderas.
Un comentario puede iniciar una conversación, LinkedIn puede acercarnos a un profesional interesante e Instagram puede permitirnos descubrir a alguien con quien compartimos intereses. Pero llega un momento en el que las relaciones necesitan algo más: tiempo, atención, conversación, escucha y presencia.
Necesitamos volver a encontrarnos.
Quizás en un bar.
Quizás alrededor de un café.
Quizás simplemente caminando y conversando.
El lugar es lo de menos. Lo verdaderamente importante es recuperar esos espacios en los que dejamos de comunicarnos con perfiles y volvemos a conversar con personas.
¿Nuestra Marca Personal está fuera de la pantalla?
Creo que algo que también se ha vuelto parte de mi discurso permanente es que durante los últimos años hemos cometido un error bastante frecuente: asociar la gestión de nuestra Marca Personal casi exclusivamente con nuestra presencia digital. Hablamos de LinkedIn, Instagram, TikTok, posicionamiento en buscadores, contenido, algoritmos, seguidores y ahora, inevitablemente, inteligencia artificial.
Todo eso importa. Pero es solo una cara de la moneda.
Podemos construir una extraordinaria presencia digital y, al mismo tiempo, tener una presencia personal absolutamente olvidable.
Nuestra Marca Personal comenzó mucho antes de que abriéramos nuestra primera cuenta en una red social. Se fue gestando en el colegio, en la universidad, en nuestros primeros trabajos, en las reuniones, en los proyectos que compartimos, en las conversaciones de pasillo y también, por supuesto, alrededor de muchas mesas.
La persona que recomienda nuestro trabajo probablemente no lo hace porque recuerda una publicación que hicimos hace seis meses. Lo hace porque alguna experiencia compartida generó confianza. Porque cumplimos una promesa, resolvimos un problema, escuchamos cuando era necesario escuchar o simplemente estuvimos presentes cuando alguien necesitaba que estuviéramos.
Eso también es Marca Personal; y, de hecho, probablemente sea su expresión más auténtica.
Las redes sociales pueden amplificar nuestra Marca Personal, pero difícilmente pueden sustituir las relaciones que la sostienen. Un algoritmo puede conseguir que miles de personas vean nuestro contenido; solamente la interacción humana puede convertir algunas de esas conexiones en confianza.
Por eso gestionar nuestra presencia offline no significa abandonar el mundo digital. Significa entender que ambos espacios deben complementarse. Podemos conocer a alguien en LinkedIn y terminar conversando alrededor de un café. Podemos escuchar a una persona en un podcast y después coincidir con ella en un evento. Podemos iniciar una conversación mediante un comentario y convertirla, con el tiempo, en una relación profesional.
El verdadero ecosistema de nuestra Marca Personal no está compuesto por plataformas. Está compuesto por personas.
Y para eso, pensándolo bien, encontrarnos en un bar no parece una mala idea.