Hablemos de… mis confesiones con la IA

Hace unas semanas, durante mi conferencia en el Strategic Reputation Summit —S.T.R.E.S.— realizado en Quito, defendí una idea con absoluta convicción: la comunicación siempre ocurre entre seres humanos.

De un lado hay una persona con algo que decir. Del otro, otra persona que interpreta ese mensaje desde sus conocimientos, emociones, prejuicios y experiencias. En medio aparecen las herramientas: el teléfono, internet, las redes sociales y, ahora, la inteligencia artificial.

Todo esto nos ha ayudado a superar las antiguas barreras de la comunicación tradicional; acortamos distancias, democratizamos la exposición y creamos líderes de opinión sin corbata. Pero al final seguimos siendo las personas quienes participamos en ese proceso.

Ese era mi argumento. Pero, dos días después estaba conversando con ChatGPT.

No le estaba pidiendo que resolviera una compleja estrategia empresarial ni que descifrara los misterios del universo. Estábamos organizando una lista de compras del supermercado. Yo le explicaba lo que quería, rechazaba algunas propuestas, compartía nuevas ideas y le preguntaba:

—¿Qué opinas?

Entonces me descubrí haciendo algo todavía más extraño:

—Por favor, cambia eso.

Y, cuando lo hizo:

—Gracias. Estamos de acuerdo.

Hice una pausa.

¿Acababa de agradecerle a una computadora?

No estaba utilizando ChatGPT como Word, Excel o Adobe Illustrator. Nunca le he preguntado a Excel qué piensa de mis finanzas. Tampoco le doy las gracias a Word después de corregir una falta ortográfica. Con la inteligencia artificial estaba sucediendo algo diferente: no solamente ejecutaba una tarea, estaba manteniendo una conversación.

Y eso puso en aprietos al expositor que, dos días antes, había afirmado que la comunicación siempre era entre humanos.

¿La IA ya nos conquistó?

No soy el único conversando con este ser etéreo.

Sólo ChatGPT tiene más de 1.000 millones de usuarios activos al mes. Entre todos enviamos más de 2.500 millones de mensajes diarios: aproximadamente 29.000 cada segundo. Y me da pereza empezar a sumar Gemini, NotebookLM, y mil etcéteras más.

No son solamente instrucciones para elaborar informes, programar aplicaciones o resolver ecuaciones. En un estudio que realizaron en septiembre de 2025 entre OpenAI, Duke y Harvard (osea que ya está desactualizada a la velocidad que esto avanza), el 70% de las consultas analizadas correspondía a asuntos no laborales. La orientación práctica, la búsqueda de información y la escritura concentraban casi el 80% de las conversaciones. Y el 49% de los mensajes buscaba información o consejo para tomar mejores decisiones.

Le preguntamos qué preparar para la cena, cómo responder un correo incómodo, qué palabras utilizar en una conversación difícil o cómo ordenar esas ideas que llevan semanas dando vueltas en nuestra cabeza.

No solo le pedimos respuestas. Pensamos junto a ella.

La historia no es nueva

Normalmente en estos análisis trato de buscar otros hechos en el pasado, siempre he sostenido que nuestra historia es un círculo que se repite una y otra vez, y que conociendo el pasado nos podemos preparar para cometer los mismos errores en el futuro.

Así encontré que en 1966, Joseph Weizenbaum creó en el MIT un programa llamado ELIZA. Uno de sus guiones simulaba a un psicoterapeuta. El sistema era elemental: identificaba palabras, reorganizaba frases y devolvía preguntas.

Si alguien escribía: “Estoy preocupado por mi trabajo”, ELIZA podía responder: “¿Por qué está preocupado por su trabajo?”.

Eso era prácticamente todo. Sin memoria profunda, sin razonamientos elaborados y sin los océanos de información de los modelos actuales.

Sin embargo, las personas comenzaron a contarle sus problemas. La propia secretaria de Weizenbaum, le pidió a él que abandonara la habitación para poder conversar con ELIZA en privado.

Así nació el llamado efecto ELIZA: nuestra tendencia a interpretar como comprensión auténtica una respuesta informática diseñada para parecer inteligente.

Si un programa que apenas reorganizaba palabras logró que las personas se confesaran, imaginemos lo que provoca una IA capaz de recordar el contexto, adaptar su tono y responder con aparente empatía.

En su encíclica Magnifica humanitas, el papa León XIV advierte que, en la era de la inteligencia artificial, debemos permanecer profundamente humanos y colocar a la persona en el centro de nuestras decisiones. No plantea rechazar la tecnología, sino impedir que su asombrosa capacidad termine eclipsando nuestra dignidad y nuestro criterio.

Y decía lo de no repetir los mismos errores de la historia porque con los videojuegos, las redes sociales y el mismo Whatsapp estamos perdiendo la manera de comunicarnos entre nosotros, simplificando todo a imágenes, videos o simples emoticones.

¿Estoy solo en esta locura?

Nuevamente no invento el agua tibia, esto ya lo llamamos antropomorfización.

Es nuestra tendencia a atribuir características, emociones e intenciones humanas a seres u objetos que no son humanos. Lo hacemos con las mascotas, con los automóviles que “no quieren arrancar” y hasta con la impresora que, curiosamente, “decide dañarse” cinco minutos antes de una reunión.

Con la IA ocurre algo mucho más poderoso porque nos responde utilizando nuestro propio lenguaje, el principal instrumento con el que reconocemos la inteligencia de los demás.

En el estudio de Microsoft Research “Microsoft New Future of Work Report 2025” entre 1.555 trabajadores que utilizaban IA diariamente encontró que el 78,1% empleaba expresiones educadas como “por favor” y “gracias”. Además, el 28,4% describe a la IA mediante figuras humanas como “compañero de equipo” o “asistente personal”, en lugar de considerarla solamente una herramienta tecnológica.

Incluso aplicamos las normas de etiqueta digital. Seguramente la IA también se alimenta de fuentes como la de Mar Castro, maestra en NETiquetas. Evitamos escribirle todo en mayúsculas, explicamos mejor cuando sentimos que no nos comprendió y, en ocasiones, hasta nos disculpamos:

—Perdón, creo que no hice la pregunta de forma correcta.

Sam Altman, CEO de OpenAI, bromeó diciendo que todos nuestros “por favor” y “gracias” probablemente le cuestan a la empresa decenas de millones de dólares en electricidad. Luego añadió que era dinero bien gastado.

Nota mental: La cortesía humana también nos llega en la factura.

Pero la relación avanza mucho más allá de los buenos modales. Las personas utilizan la IA para organizar pensamientos, practicar conversaciones difíciles, solicitar consejos y buscar apoyo emocional. Una encuesta estadounidense publicada en 2025 encontró que el 13,1% de los participantes ya había recurrido a la IA generativa para obtener orientación relacionada con su salud mental.

Esto no convierte a ChatGPT en terapeuta ni significa que pueda sustituir a un profesional, al menos no por ahora. De hecho no podemos confundir una respuesta empática con empatía real. Porque la IA puede decir “comprendo cómo te sientes”, pero no siente.

Sus respuestas son el resultado de una enorme acumulación de conocimientos y experiencias de terceros. No tiene años de vida... tiene datos. No tiene memoria emocional... tiene contexto y Zetagigas.

Pero lo que más me preocupa es que todos lo tenemos claro, pero aun sabiéndolo, conversamos.

Bienvenidos a la Quinta Dimensión

Como siempre, y dentro de mi necedad, no he cambiado mi argumento. La comunicación continúa siendo esencialmente humana porque somos nosotros quienes entregamos intención, significado y emoción a las palabras.

Pero ahora existe un tercer plano o la Quinta Dimensión.

La inteligencia artificial ya no es solamente una herramienta silenciosa que utilizamos para producir un mensaje destinado a otra persona. Se ha convertido en una interlocutora artificial con la que exploramos, cuestionamos y organizamos lo que queremos comunicar y nuestra vida misma.

El error es cuando confundimos fluidez con conciencia, amabilidad con afecto y capacidad de respuesta con sabiduría. Si tenemos tan claro que del otro lado no hay una persona, ¿por qué seguimos sintiendo la necesidad de conversar como si la hubiera?

No lo se, eso debe caer en el campo de los psicólogos, seguramente seríamos un caso de estudio excepcional para el mismo Freud. Yo tan sólo soy un comunicador y seguiré siendo el defensor de que sepamos y prioricemos la comunicación entre seres humanos; antes de que todos seamos parte de la Matrix.

Quizá la verdadera revolución de la inteligencia artificial no sea que las máquinas estén aprendiendo a hablar como nosotros. Quizá sea que nosotros empezamos a relacionarnos con ellas como si fueran un ser humano.

Para mi sólo existe una gran preocupación… ¿Perdimos por completo nuestra capacidad de comunicarnos entre nosotros y preferimos hacerlo con una máquina?

Lo bueno es que incluso ahí nuestra Marca Personal es nuestra mejor tarjeta de presentación.


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