Hablemos de... terapia de pareja con la IA
Como cada semana, escuchaba el podcast Caviar Online, y en el último episodio del 2025, Joan Martín, uno de los conductores, lanzó una propuesta interesante: preguntarle a la IA qué habíamos trabajado con ella en el 2025 y cómo mejorarlo en 2026. Al escucharlo, imaginé mi relación con la inteligencia artificial como si fuera una pareja que, tras un año intenso de convivencia, necesitara sentarse a conversar.
Esto empezó como una actividad random de fin de año. Me lo imaginaba como una especie de terapia de pareja con la IA. De esa ocurrencia surgió este artículo. Y si algo confirma este texto, es que la inspiración —por ahora— sigue estando en el ser humano.
Esta terapia tiene su primer gran beneficio… no tienes que pagar al psicólogo.
SESION 1: EN QUÉ PUNTO ESTÁ NUESTRA RELACIÓN
La primera sorpresa fue descubrir cómo, en el 2025, integré la IA en mi trabajo diario de forma natural. La traté como un copiloto creativo, no como un piloto automático. En la práctica, fue mi sparring para afinar ideas, mi ayudante para escalar producción y un potenciador de criterio. No vino a reemplazar mi voz, sino a amplificarla.
En el blog de Nimble Gravity —que, curiosamente, me recomendó ChatGPT— encontré una frase que lo resume bien: “Usa la IA para escalar tu voz, no para diluirla”. Y eso fue exactamente lo que hice.
Usé herramientas como ChatGPT para pulir textos, generar borradores que luego adaptaba a mi tono, explorar enfoques en proyectos de marca personal,comunicación política o storytelling. Siempre cuidando que el resultado sonara a mí, no a un chatbot. Fue un proceso largo, como en toda relación: nos conocimos, nos frustramos, y al final empezamos a sintonizar en el mismo tono.
Uno dato interesante, aunque bastante obvio fue que más del 60% del contenido que generé con ayuda de la IA estuvo ligado a hablar sobre marca personal y reputación: artículos firmados con mi nombre, campañas de posicionamiento, narrativas institucionales. Es decir, trabajamos juntos justo donde la identidad y la autenticidad son innegociables.
Y parece que no soy el único. Un estudio reciente de la AMA reveló que el 85% de los marketeros que usan IA afirman que ha mejorado su productividad. Pero —y aquí viene la alerta— la mayoría también reconoce que el riesgo de aplanar la personalidad de sus comunicaciones es real. Porque más producción no siempre significa más conexión.
En mi experiencia, la clave de 2025 fue entender esos límites. La IA me permitió hacer más, sí, pero sobre todo me permitió pensar mejor. Le pedía variaciones de textos, exploraba con ella distintas narrativas, afinaba estructuras... siempre partiendo de una idea mía. Ese ida y vuelta enriquecía el resultado sin robarle autenticidad.
Y esa idea de autenticidad también la encontré en otra fuente que me recomendó la IA: el blog de Montse Peñarroya. Ella dice que: “Si la usas (la IA) sin estrategia, tu voz desaparece. Si la usas con criterio, la IA se convierte en el copiloto perfecto: hace el trabajo pesado mientras tú conservas... tu autenticidad”.
SESION 2: QUÉ ESPERAMOS EL UNO DEL OTRO
Una vez que me subió el ego —lo admito— por el trabajo realizado en 2025, decidí dar un paso más. Le propuse a la IA trabajar juntos en una estrategia para mejorar nuestra comunicación en 2026. Porque como toda relación que madura, también esta necesitaba nuevos acuerdos.
La primera decisión fue sencilla: desterrar la idea de que la IA es un redactor automático al que se le delega todo. No. La IA no es mi empleado invisible. Debe ser un aliado estratégico al servicio de objetivos claros. Y eso implica más intención, más método y menos dependencia.
Uno de los errores más comunes es publicar contenido tal como salía de la IA, sin revisión, sin edición, sin supervisión humana. Es tan riesgoso como dejar que alguien hable por ti en una reunión importante sin haber leído el guión. Hace unos meses, Francisca Godoy me preguntó por qué algunas grandes marcas estaban fallando en conectar con su audiencia. Y muchas veces la respuesta es que publicaban textos generados automáticamente que sonaban vacíos, planos, desconectados de su ADN.
El dato lo respalda: en Latinoamérica, el 34,69% de las empresas ya usa IA generativa para crear contenido personalizado y campañas. ¿El problema? Que lo personalizado muchas veces termina siendo genérico con nombre. Y nuestros públicos —vale la pena repetirlo— siguen siendo humanos. No buscan eficiencia, buscan conexión.
Redefinir la relación con la IA implica establecer un sistema de trabajo claro: decidir en qué partes del proceso creativo interviene, bajo qué condiciones, y con qué estándares. Ya no basta con saber preguntarle. Hay que saber para qué se le pregunta, y qué se hace después con la respuesta.
SESION 3: DEJEMOS LOS COMPROMISOS POR ESCRITO
Fruto de esta terapia de pareja digital, terminé creando un manual personal de uso de IA. Lo escribimos juntos, como quien pone reglas de convivencia. Para evitar discusiones futuras, olvidos o una relación tóxica.
No es un documento técnico. Es un recordatorio para mí mismo. ¿Qué contiene?
Identidad por encima de todo.
Cada vez que use la IA, revisaré que el resultado respete mi voz, mi estilo, mis valores. Tengo mi guía de tono documentada y la alimento con ejemplos propios para que aprenda a sonar como yo.
Claridad de propósito.
Antes de pedirle algo a la IA, me pregunto: ¿qué quiero lograr con esto? ¿Velocidad, enfoque, desbloqueo creativo? No quiero llenar hojas por llenar, quiero decir algo que importe.
Sistema con supervisión.
Uso la IA para primeros borradores, investigación o exploración. Pero el texto final siempre pasa por mis manos. No automatizo lo que necesita empatía, contexto o criterio. No todo puede tercerizarse, aunque sea tentador.
Calidad sobre cantidad. Siempre.
Promesa para este 2026: yo pongo el tema. Porque debe salir de mis vivencias, de mis conversaciones, de mi análisis. Que la IA me ayude a desarrollarlo, no a inventarlo. La eficiencia que aporta no puede usarse para publicar más basura; debe usarse para elevar la calidad.
y al final… esta relacion tiene futuro?
Después de revisar el año, y armar mi plan de acción, llego a una conclusión que quizás te sirva también: en 2026 no se trata de hacer más con la IA, sino de hacerlo mejor con la IA. No es cuestión de cantidad, sino de claridad. Maduremos, ya no se trata de preguntar “IA sí o no”. La IA ya está. El dilema real es cómo vamos a llevar esa relación.
Como en cualquier pareja saludable, ni sumisión ni control absoluto. Lo que se necesita es entendimiento, propósito compartido y reglas claras.
Somos nosotros quienes debemos marcar los límites. La IA puede generar, sugerir, incluso sorprendernos. Pero carece de criterio propio. Y si tú no le das el tuyo, ella tomará prestado el de otro. O el de todos. Y ahí es donde se pierde la autenticidad.
Así que te invito a hacer tu propia terapia de pareja con la IA. Sentarte con ella y revisar cómo se están llevando. ¿Te reconoces en lo que produce? ¿Le diste más espacio del necesario? ¿Estás usándola para amplificar tu voz o para reemplazarla?
Rediseñá tu pacto. Entrenala mejor. Usala menos donde no te representa. Usala más donde te potencia. Pero nunca, nunca, te olvides de quién tiene la última palabra.
Porque al final del día, de esto también va tu marca personal.